Podría
parecer, en principio, que el deseo natural y legítimo
del hombre de amar a una mujer y de formar una familia,
es el único camino o el más adecuado para
la madurez de la persona humana. Sin embargo, una más
profunda reflexión nos ayuda a comprender que no
es así.
La sexualidad, en efecto, está insertada en una
vocación a la santidad, y cuando se vive ordenadamente
en el matrimonio, viene a ser signo del amor con que Cristo
se une a la Iglesia. Pero el celibato por amor a Dios
une más estrechamente a Cristo.
Como don de Dios, voluntariamente aceptado, por el cual
se renuncia conscientemente al ejercicio de la sexualidad,
el celibato no implica ningún desprecio al afecto
humano. Al contrario, supone una elevación del
amor a un plano superior, en un ensanchamiento del corazón
que lo enriquece sobreabundantemente (cfr. Enc. Sacerdotalis
coelibatus de Pablo VI, nn. 50-56).
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En ocasiones se ha afirmado que la verdadera perfección
humana está vinculada al ejercicio de la facultad
generativa. Si esto fuera cierto, sólo en el matrimonio
sería posible alcanzar la plenitud personal, lo
que esta en abierta contradicción con toda la doctrina
revelada, con la misma vida de Jesucristo Nuestro Señor
que es verdadero Dios y verdadero Hombre, y con la constante
enseñanza del Magisterio eclesiástico:
Si alguno dijera que el estado conyugal debe anteponerse
al estado de virginidad o celibato, y que no es mejor
y más dichoso permanecer en virginidad o celibato
que unirse en matrimonio (cfr. Mt. 19, 1lss., I Cor. 7,
25ss.), sea anatema (Dz. 980).
Aunque esto no significa que los casados no puedan ser
personalmente más santos que quienes permanecen
célibes por amor a Dios ya que lo importante para
la santidad es la correspondencia de cada uno a la propia
llamada divina, los célibes que se unen a Cristo
con corazón indiviso, pueden entregarse más
libremente a su servicio y al servicio de las almas (cfr.
Concilio Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n.
16).
Estas razones, que el Concilio expone al hablar de los
sacerdotes, pueden tener un alcance más amplio
a todos aquellos que viven de esta manera (cfr. también
la Enc. Sacra virginitas de Pío XIII, del 25-III-1954,
y la ya citada Enc. Sacerdotalis coelibatus de Pablo VI
y los números 1618 a 1620 del Catecismo de la Iglesia
Católica). |