El matrimonio civil
El matrimonio civil es el contrato marital realizado
ante el juez civil.
Se dice contrato marital porque debe hacer referencia
a todos los derechos maritales y no sólo a aquellos
pactos con efectos civiles o sobre la administración
de los bienes.
El matrimonio civil entre cristianos no es reconocido
por la Iglesia como verdadero matrimonio:
- por tanto, no produce ningún efecto canónico
ni es un sacramento, puesto que no es matrimonio
- entre cristianos se tiene por un mero concubinato público
y lleva consigo todas las penas propias del concubinato
Sin embargo, es lícito e incluso obligatorio que
los contrayentes cristianos observen todo lo establecido
por las leyes civiles en relación a la celebración
del matrimonio, aunque excluyendo la intención
de realizar entonces el contrato y, por tanto, de recibir
el sacramento.
El divorcio civil
Se entiende por divorcio civil la disolución del
vínculo matrimonial pronunciada por la autoridad
civil. Lo patente de los argumentos sobre la indisolubilidad
matrimonial hacen ver que toda ley civil que permite el
divorcio es gravemente reprobable porque va contra la
ley natural.
No faltan hoy en día quienes, tomando como pretexto
el principio de la libertad religiosa, afirman que las
leyes civiles deben permitir el divorcio civil porque
no pueden obligar a los ciudadanos no Católicos
a someterse a las leyes que responden a los principios
de una determinada creencia religiosa. Señalan
que la legislación civil no juzga sobre el sacramento
del matrimonio, sino sólo sobre un acuerdo civil
entre dos ciudadanos, reconociendo su derecho a rescindirlo
libremente por causas justas.
No debe olvidarse que al Magisterio de la Iglesia corresponde
interpretar auténticamente la ley natural, para
conservar así la ordenación querida por
Dios, ya que el entendimiento humano encuentra dificultades
para llegar por sí solo a conocerla e interpretarla,
a consecuencia sobre todo del pecado original y de los
pecados personales. El principio general, como ya quedó
explicado antes, es que el matrimonio, por voluntad divina,
es para todos los hombres de uno con una y para siempre.
El divorcio, pues, atenta no sólo contra el matrimonio
considerado como sacramento, sino también contra
el mismo matrimonio tal como fue querido por Dios como
institución natural, antes de su elevación
a la dignidad de sacramento.
Cuando el divorcio es admitido en una sociedad, lo que
queda de manifiesto es que, desgraciadamente, en aquella
sociedad no sólo se ha perdido el sentido cristiano
de la vida, sino que ha habido un deterioro en los más
profundos y substanciales valores humanos, con todas las
graves consecuencias que esto supone para la familia y
para la sociedad entera.