El apóstol Pablo enseñó que "en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón" (1 Corintios 11:11).
En el matrimonio y ante Dios, los hombres y las mujeres son igualmente importantes.
El matrimonio no da a ninguno de los cónyuges el derecho de dominar o maltratar al otro, sino al contrario, el esposo y la esposa deben ayudarse mutuamente como socios en un plano de igualdad.
El esposo y la esposa deben amarse mutuamente y velar el uno por el otro.

Para la mayoría de los recién casados, es fácil amarse mutuamente y velar el uno por el otro.
Pero al paso del tiempo, a veces los cónyuges olvidan demostrar amor por su compañero(a) y comienzan a pensar más en sí mismos. A veces las presiones del trabajo o de la crianza de los hijos hacen que las personas pongan en último lugar el atender las necesidades de su compañero(a).
El Evangelio enseña que los esposos y las esposas deben amarse mutuamente y velar el uno por el otro "así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella" (Efesios 5:25).
Los matrimonios de éxito requieren atención constante para permanecer fuertes y saludables. Requieren un amor y sacrificio semejantes a los de Cristo.
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