Los
shintoistas consideran que el kami creó las islas
de Japón y que la diosa solar Amaterasu fue la
madre del primer emperador, quien fue enviado a la tierra
para fundar una dinastía imperial.
Esta creencia se convirtió en la base del shinto
de estado: el emperador se volvió símbolo
del pueblo y la unidad de la nación. La tradición
alentó el respeto a la autoridad del estado, del
patrón y de la familia.
Durante la dinastía Meiji (1868-1912), el gobierno
decidió institucionalizar el shinto, asumiendo
el control de los santuarios, y adoptó una política
restrictiva de otras religiones.
La Constitución de 1889 consideró la obediencia
a los santuarios shintoístas deber patriótico
de todos los japoneses, quedando así investido
el shinto como la religión oficial y usado para
justificar el culto al emperador y del militarismo japonés
de principios del siglo XX.
Si bien la nueva constitución, redactada luego
de la segunda guerra mundial, redujo al shinto al estatus
de una secta ordinaria, el hecho es que más del
90% de los japoneses es shintoísta hoy día.
Al no tratarse de una religión exclusivista, la
gente puede practicar el shinto junto a una segunda fe:
la mayoría de los japoneses lo practica junto al
budismo.
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