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La iglesia católica: Una situación matrimonial irregular

Son cada vez más numerosos los casos de personas católicas que viven en una situación matrimonial irregular. En especial, va siendo más frecuente el caso de los que, habiéndose divorciado, contraen civilmente un nuevo matrimonio.

Algunos de estos católicos, al paso del tiempo, y permaneciendo en su irregular situación, se replantean su vida cristiana, con el deseo de recibir los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía.

Ante estas lamentables situaciones no han faltado quienes proponen y ponen en práctica soluciones incompatibles con la doctrina cristiana.

En estos casos, afirman erróneamente que es posible aplicar soluciones pastorales de emergencia, pues aunque realmente estas personas no tienen derecho a recibir los sacramentos, se les podría admitir si se dan algunas condiciones: p. ej., que el primer matrimonio haya sido quebrantado hace ya mucho tiempo, de modo que no cabe la reconciliación; que se hayan arrepentido de su culpa y, en la medida de lo posible, hayan reparado; que la segunda unión sea estable y en ella hayan dado señales de una vida basada en la fe, etc.

La doctrina de la Iglesia es clara al respecto: nos enseña que para recibir válidamente el sacramento de la penitencia es necesario, además de la confesión de los pecados y de la satisfacción, la contrición, que incluye el propósito de enmienda. 

Por tanto, quien no tiene propósito de enmienda, no tiene verdadera contrición y, consecuentemente, no puede recibir válidamente la absolución sacramental (cfr. Conc. de Trento: Dz. 897).

Para recibir la Eucaristía es necesario el estado de gracia, pues quien come el pan o bebe el cáliz del Señor indignamente come y bebe su propia condenación (I Cor. 11, 27-29; Conc. de Trento: Dz. 893; Juan Pablo II, Ep. Dominicae Coenae, n. 11).

Respecto a los cristianos que viven en esta situación y que con frecuencia conservan la fe y desean educar cristianamente a sus hijos, los sacerdotes y toda la comunidad deben dar prueba de una atenta solicitud, a fin de que aquellos no se consideren como separados de la Iglesia, de cuya vida pueden participar en cuanto bautizados.

Se les exhorta a escuchar la palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar a sus hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios (Catecismo, n. 1651).

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