
La
palabra Divina dió origen a la Creación. Todo lo
que existe en el Universo, desde los astros y estrellas hasta
el Hombre, pasando por el reino mineral, el vegetal y el animal,
fue obra de las diez expresiones del Altísimo. "Que
haya luz". "Que la tierra haga brotar vegetación!"...
Sublime lección se da al hombre ya desde el Génesis!:
la palabra puede construir mundos.
Y el rasgo distintivo que el Creador otorgó al ser humano
por sobre cualquier otro ser viviente en la Tierra es justamente
la palabra, síntesis y expresión de su intelecto.
El hombre, como "ser parlante", tiene el poder de construir
con su palabra, de mejorar el mundo y de santificar su existencia.
La más alta manifestación de la palabra es sin
duda la plegaria, uno de los tres pilares sobre los que el Mundo
se sostiene, junto al estudio de la Torá y la práctica
de Jesed (bondad) con el prójimo (Pirke Avot 1:2)
Por medio de la plegaria agradecemos, alabamos y pedimos al
Eterno por nuestras necesidades personales y comunitarias. El
alma del judío al orar, trasciende su prisión
física y sus ataduras materiales y se une con su Fuente
Suprema.
Un poderoso motivo por el cual la tefilá requiere de
una clara enunciación de las palabras y no como muchos
acostumbran a hacer, de una mera lectura con los ojos sin pronunciar
con los labios, es que siendo la plegaria el anhelo más
profundo del alma, debe expresarse de la forma más representativa
para la mente humana o sea por medio del habla inteligente.